Hay que amar a los Espectros
Diferenzia
Por Palingenia de Tirnanoge
Tengo que subir seis pisos de un edificio viejo sin elevadores. Aún soy escéptica respecto a la “entrevista”—la sesión—. No deja de ser, por otro lado, tarea memorable para una investigadora primeriza atestiguar este tipo de encuentros. Lo singular se diluye en una mirada frontal, sórdida (tan citadina). Conforme asciendo en las escaleras, atestiguo la repetición atemorizante de un caos múltiple: grietas laberínticas, paredes descoloridas, corredores desvanecidos entre las tinieblas de este claustro condominal. Las puertas de cada departamento, distintas versiones de la monotonía. Al lado, una cifra invertida o perdida que me recuerda el mundo infernal de la cantidad y el volumen de aire extra para alcanzar el siguiente nivel. Voy en pos de un “construccionismo” de la nada.
—Giselle, llegas tarde, me recrimina mi fotógrafo. La sesión ya había iniciado. Me siento más segura de verme rodeada, súbitamente, de gente en el lugar equivocado y en el horario más temible de esta zona.
Ya acomodada en un sillón, la primera impresión que recibo es la inmensa noche que cobija parte de la estancia como una concha marina a punto de engullir la figura arrogante de Jacques, sentado como dueño absoluto de la atmósfera teatral que todos los invitados centramos en su presencia. El mueble que lo entrona recuerda al de un director de películas durante su descanso; él, displicente, deja la mano derecha suelta, con el feeling de un rey (codo apoyado en el borde de la silla) y la mirada fija, provocativa. Sus ojeras, acentuadas por el claroscuro del universo, dicen: “Soy yo, Jacques Derrida”.
Aquí tienen el privilegio de preguntarme tal cosa, como a la “cabeza parlante” que a Don Quijote le apremian a interrogar. Observo, igual que en la cara encantada, que su rostro apenas podrá mover los labios: tan firmemente apretados los tiene, revelando una decisión absoluta de mantener sellada una compuerta hacia un mar convulso de conciencia extraviada. Y, sin embargo, en el momento clave, que se deriva de una pregunta temblorosa hecha al filósofo de la “diferenzia”, se escucha su voz de dios desde los abismos de la razón suprema; si es que es decodificable la expresión en esta manera de ése, su pensamiento finito.
Pienso que puedo preguntar: “Y usted, doctor Derrida ¿Puede ahora sostener, con su experiencia última, que efectivamente cabe entender el vacío absoluto de la presencia del nombre en la conciencia del hombre cotidiano? ¿Cuál es el signo que pudiera dar significado a la fenomenología postderridiana?” Pero no emito sonido alguno. Él, sonríe, consciente de que agrava la penumbra del cuarto. Su magnetismo se intensifica con más fuerza cada minuto. Muchas cabezas se agitan. Hay perturbación entre los asistentes. Algunos desean salir al aire libre a vomitar o a toser, pero se detienen un segundo largo, en espera de una respuesta clara, objetiva, que desentrañe sus dudas y atenúe sus miedos. Derrida se vuelve hacia su pensamiento inextricable, como posiblemente un lingüista hermeneuta lo haría. Con un lento pronunciar, deja que casi tentemos las palabras que vuelan ante nuestros ojos: “todo es indecidiblemente irrefutable”.
La bruma de su voz quedó volando en mi pensamiento, hecho signo de interrogación absoluto. Observo a mi rededor, pero los asistentes me han abandonado ante la presencia imperturbable del pensador. Me levanto. Constato que la dueña de la casa permanece recostada en un sofá, perdiendo el aliento. Deambula el horror en muchas miradas. Derrida me mira, pregunta o responde con el gesto. Volteo a mirar a la señora infartada. Yo le contesto, resolviendo el enigma, que sí, que la médium está medio muriéndose, que es inútil pedirle que lo despida. Es imposible que exorcice a Jacques Derrida, quien se obstina en retrasar su deconstrucción plásmica. La psíquica se ha olvidado de él, de mí, y yo parezco olvidada del universo. Me siento metáfora de un espectro, en el sentido filosófico de Derrida…
Susurro
Por Palingenia de Tirnanoge
“Ya te he hablado de los entes que habitan en los pasos a desnivel. Todos tienen derecho a vivir su muerte, pero antes no era común que a los durmientes –que no conocemos límites– los despertaran esas cosas tan inacabadas, organizadas en patrones cuadrados de existencia que imitan lo redondo. De nosotros sabemos que atisbamos la eternidad sin problema, y de ellos, que beben la impermanencia: juntos jalamos la cuerda del mundo; pero lo eterno, dejémoslo en esos huecos permeables a la invitación constante de la mutación. A veces es buena una dosis de muerte y otro instante es mejor probar la vida; pero es pura imaginación de los sueños. Sería terrible para ellos provocarnos a nosotros, las huestes sin bordes ni esquinas, que no alteramos la continuidad, ni requerimos de noche o de luz. Una delgada ráfaga de viento nos separa y nos diluye en vórtices de verdades y mentiras que nos apartan de las percepciones, más solemos volver –sólo girando– cuando ellos parecen los durmientes y nosotros la vida. Las creaciones plásmicas de nuestros juegos se deslizan como si fueran materia de las ciudades, retadoramente construidas como caballos de Troya para asaltar sus conciencias tranquilas. Nos posicionamos en sus párpados semicerrados, sus tumbas, estado intermedio de ritmos que solemos escuchar y, ahí, olemos las sonrisas espirituosas, sentimos las lluvias de sus memorias –que erizan nuestras pieles – y sobre todo: lamentamos el miedo que recorre sus visiones y que se mueve encorvado.
El atroz ruido de la máquina ctónica se agudiza en el profundo canal de concreto. Un despiadado carnaval de atmósferas alquímicas se amalgama en los sueños a desnivel: rito puro, un descanso inquieto para ellos. Ahora el estertor les despierta. Ambos vivimos al unísono por esta vez. Compartimos los símbolos inalcanzables. Pueden entender nuestro mundo. Cuando nos toca a nosotros vivir, les observamos traficando con cualquier clase de energía. Pero ahora ellos duermen sorprendidos, expectantes por ver lo que está sucediendo. Nos escuchan con este estruendo. No pueden ya volver a sus camas, a sus carnes. Despiertan como sonámbulos y salen de sus casas como fantasmas a mirar las calles.
Nuestra noche es un lienzo: del cielo se derrama el café; el rojo brilla en las banquetas; el ronco fragor de la nada se desnuda como artefacto metálico que convulsiona la tierra y se vomita en nuevas cavernas. La demencia está suelta. Trepida la columna del tiempo. La criatura que dirige el dínamo telúrico es Ballor: él y su aplanadora. Sus ojos, más impenetrables que la noche de ellos, horadan el fondo de la tierra. Sus cabellos desparramados parecen una vía láctea enturbiada por sangre. Y ellos podrían llamarle Atila, un Atila de cabellos rojos, si eso les dijere algo. Pero los hombres continúan parados a lo largo de las calles, en silencio y fascinados, con expresión idiota. Sus labios son una luna torcida que invirtió el miedo y que eclipsa su desnudez. Ellos no saben morir. Y suponemos que tampoco vivir. Atila se desmonta del caballo de hierro al que coronaba, descubre su hombro izquierdo; deja que su túnica azafranada resbale hasta el suelo donde se humedece en el arroyuelo sucio y se arrastra al borde del desagüe. Camina dando la espalda uno a uno a esos seres infames que desconocen el verdadero miedo. La figura se va afinando, se aleja: la piel oscura, los pies descalzos al borde de la banqueta. Parece un lama quemando el karma de esas esfinges de mirar perdido. Todas sus cabezas se reflejan en la piel metálica de la mole, abandonada por Ballor, como un mar que revuelve la negrura de la noche.
Ballor tiene un ojo en la nuca que los mira con odio ciclópeo mientras se aleja. Va arrastrando el río mientras sus pies vuelven a crear ondas en los sueños: reflejos que agitan la eternidad, esa misma que no cabe en sus mentes chiquitas.
Mañana que dejen de temblar los sueños, que tiemble la tierra.
Recobrarán el miedo y quizá esa sensación de siempre: errante y fláccida, un horror que causa rápida corrupción en su carne. Pero Ballor no quiere volver a espantarlos. Por el momento, tampoco le place vestir el arquetípico rostro del muerto viviente que suele insuflar un poco de imaginación a sus muertes cotidianas.”
2009, Derechos Reservados

